Sporting Cristal selló su pase a la final de la Copa Libertadores 1997 tras golear 4-1 a Racing Club de Avellaneda. (Foto: GEC)
Sporting Cristal selló su pase a la final de la Copa Libertadores 1997 tras golear 4-1 a Racing Club de Avellaneda. (Foto: GEC)

Por: José Bragayrac

Todos tenemos momentos que contar. Entre los míos hay muchos relacionados al fútbol. Como si los incidentes que trastocaron mis días se pusieran de acuerdo con el calendario de Conmebol o UEFA.

Yo descubrí el vigor electrizante de un partido de fútbol a los 12 años. En una salita de espera del Sabogal, en el Callao. De noche, comiendo chizitos. Entre el terror de perder a mi abuelita Alcira y la pena porque se terminara mi bocadito antes de que mi viejo volviera.

Había estado buen rato en el auto, también solo, porque no dejaban ingresar a emergencias a menores de edad. “De paso cuidas el carro”, me alertó Antonio, mi papá.

Alcira ya era bastante mayor y con los últimos años adquirió un paquete completo de dolores y achaques. De ella recuerdo su sonrisa amplia y su figura de lápiz. Sus cabellitos color nieve. Una mirada suave hasta que se enojaba. Entonces, podía ser letal y feroz como Terminator.

Esa noche y ella

La noche del miércoles 30 de julio de 1997 Sporting Cristal recibía a Racing Club en el Estadio Nacional. Yo no lo sabía. Había visto a Markarián y su chupetín en la tele por el 3-0 al Bolívar en cuartos. Pero los Power Rangers y los Thundercats copaban mi ranking. El fútbol, para mí, todavía era como el Beto Carranza en la ‘U’ antes del gol en Cerro de Pasco: ahí nomás.

El 1-0 me encontró por la radio. Avispado y con cara de chalaco achorado, alerta para defender el Hillman rojo. Erguido en el asiento del piloto, con todas las lunas arriba y verificando el seguro de las puertas cada cinco minutos. Con alguna que otra lágrima por mi abuelita.

Hasta ahí llegó el vozarrón del locutor para recitar el gol. Fulminante Julinho por derecha y un centro venenoso que termina reventando, incómodo pero certero, el pelado Bonnet.

Lloré. Era como si esa sobrecarga de estímulos sentimentales, repentinamente, se abrieran paso desde mi pecho hacia el exterior con ese gol. No aguanté más y lloré. Emocionado por la narración, por el festejo de la gente a mi alrededor y por Alcira que peleaba, junto a mi viejo, porque la atiendan para salvar su vida.

Varios años después, frente al televisor de mi casa, Mario ‘Machito’ Gómez (en un Sudamericano) me haría de recordar aquella noche remota en que mi padre me permitió ver el mejor gol de Julio Rivera.

Sentado ya en la salita de espera, esa TV minúscula se convirtió de pronto en un cohete espacial que despega. Con el ‘Coyote’ siendo la cuenta regresiva: recupera en tres cuartos de cancha, a uno, a dos, a tres y ¡pum! Latigazo que parece patear con toda su humanidad para hacer inútil la volada fabulosa del portero Nacho González. Todos gritaban.Yo era Neil Armstrong pisando la luna.

Luego vendría Solano. Primero para el 3-1 de Bonnet y luego para decirle a la RAE que sus tiros libres debían ser sinónimo de la palabra golazo.

No recuerdo cuánto esperé, pero sí que devoré Goles en Acción, el mejor programa deportivo de entonces. La mañana siguiente, le tocó a todos los diarios deportivos.

Mi abuelita, como Racing, se quedó en semifinales. Pero en mi memoria fue esa noche el inicio de su partida al cielo.

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