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Este domingo 16 de agosto se celebra el Día del Niño, una fecha que también puede ser una oportunidad para acercarlos a una actividad que los acompañe durante toda la vida. Correr puede convertirse en un hábito saludable y una fuente de bienestar, pero cuando se trata de niños, el entusiasmo por el deporte debe ir acompañado de conocimiento y prudencia.
La primera diferencia está en entender que jugar y correr como parte del desarrollo infantil no es lo mismo que iniciar un entrenamiento de running. Para el Dr. Misael Ramos, especialista en cirugía de rodilla y medicina deportiva del Instituto Nacional de Salud del Niño de Breña, una práctica deportiva más estructurada puede comenzar alrededor de los seis o siete años, cuando existe una mayor maduración de la marcha.
“Hay que diferenciar entre lo que es un evento formativo, fisiológico y un running. El running ya es para hacer una actividad deportiva o competitiva. Se recomienda que sea a partir de que haya una mejor maduración de la marcha, y eso se da mejor a partir de los seis, siete años para poder evitar algún tipo de lesión por caídas o algún evento traumático”, explica el especialista en medicina deportiva.
Antes de correr, hay que conocer al niño
La edad no es el único factor que debe considerar un padre. Antes de incrementar las exigencias físicas, resulta importante conocer las condiciones particulares de cada menor y descartar problemas que puedan interferir con la práctica deportiva.
El especialista recomienda una evaluación previa con un ortopedista infantil para descartar alguna patología congénita y determinar si el niño está preparado para asumir una actividad deportiva. El objetivo no es limitarlo, sino favorecer tanto la prevención de lesiones como un adecuado desarrollo físico y rendimiento.
A esto se suma una pregunta frecuente entre los padres: ¿es normal que mi hijo se canse cuando hace ejercicio? La Dra. Paloma Canales, médico neumólogo y jefe del Servicio de Neumología Pediátrica del Instituto Nacional de Salud del Niño de Breña, explica que el cansancio debe analizarse considerando cuánto demora el niño en recuperar su respiración y si aparecen otros síntomas.
“Si una persona no tiene el hábito de hacer ejercicio se va a cansar, de acuerdo con la distancia o el ejercicio que quiera hacer. Tenemos que verificar cuánto tiempo pasa en volver a respirar normal y si la falta de aire viene acompañada de otros síntomas”, señala la neumóloga pediátrica.
Por ello, es de suma importancia observar si existe alguna dificultad que se repite y consultar cuando los síntomas escapan de la respuesta habitual al ejercicio.
“Si después de hacer ejercicio regular y pasar un periodo de adaptación de uno a dos meses, se sigue presentando dificultad respiratoria constante acompañada de tos, silbido de pecho, dolor en el pecho y dolor de cabeza, es recomendable acudir a un especialista como el neumólogo para realizar una prueba de función pulmonar”, advierte la profesional de la salud. No obstante, tener asma o rinitis alérgica no significa que un niño deba mantenerse alejado del deporte. La clave está en que la enfermedad se encuentre adecuadamente controlada y que el menor siga el tratamiento indicado.
“Hay algunos pacientes que sí tienen asma y les afecta el ejercicio, pero eso quiere decir que el paciente no está llevando un adecuado control; es decir, no recibe su tratamiento de mantenimiento como corresponde”, complementa la jefe del Servicio de Neumología Pediátrica.
Progresar sin apurar el proceso
Antes de aumentar el tiempo o la intensidad, el niño debe preparar progresivamente su cuerpo. El calentamiento, los estiramientos y el fortalecimiento muscular forman parte de esa adaptación y ayudan a que la práctica deportiva sea acorde con su desarrollo.
“El fortalecimiento muscular es lo más importante para hacer actividad. No esperamos que un niño tenga el músculo de una persona deportiva adulta, pero sí, de acuerdo con lo que yo le quiero exigir, que empiece a aumentar su capacidad de poder realizar una actividad deportiva. Debe tener un buen estabilizador dinámico. Los potentes estabilizadores dinámicos que recomendamos fortalecer son los músculos y los tendones”, señala Misael Ramos.
Pasar de una actividad corta a sesiones cada vez más extensas debe hacerse gradualmente y observando cómo responde el cuerpo. Si el menor no está preparado para una determinada exigencia, la alternativa no es obligarlo a continuar, sino adaptar la actividad.
El dolor también merece atención. Las molestias persistentes en la parte anterior de la rodilla, el talón o la zona proximal de la cadera pueden ser señales de una sobrecarga. El especialista explica que algunas de estas molestias corresponden a osteocondropatías, procesos relacionados con las zonas de crecimiento del hueso que pueden inflamarse ante una actividad excesiva.
Por eso, si aparece dolor, el descanso puede hacer que desaparezca temporalmente, pero eso no significa necesariamente que el problema haya desaparecido. La señal debe servir para revisar la carga de entrenamiento y, si es necesario, buscar una evaluación profesional.
Tres claves para acompañarlo en su ingreso al running
Para el Dr. Ramos, el acompañamiento de los padres es determinante. Sus recomendaciones pueden resumirse en tres puntos: una evaluación previa, evitar cambios bruscos hacia la competencia y mantenerse cerca del proceso deportivo del niño.
“Lo primordial es una evaluación previa por un ortopedista o traumatólogo infantil. Dos, no exigir el cambio repentino, el cambio brusco de poder competir, porque todo conlleva una preparación. Y tres, tener que ser un tutor cercano en el desarrollo de su hijo porque qué mejor cercanía que la del padre para poder ver que las actividades se realicen de manera adecuada”, concluye el especialista en medicina deportiva.
La Dra. Canales, por su parte, refuerza la importancia de empezar gradualmente y observar la respuesta respiratoria del menor. Si el niño presenta tos persistente, silbidos, dolor en el pecho, mareos o una recuperación respiratoria que no corresponde con el esfuerzo realizado, la recomendación es acudir al especialista.
Correr puede ser mucho más que una actividad física para un niño. Puede enseñarle disciplina, constancia y disfrute por el movimiento. Pero el mejor punto de partida no es la velocidad ni la distancia: es acompañarlo, conocer sus capacidades y permitir que avance a su propio ritmo.






